- Desde el primer sorbo del batido de yogur y mango, hasta el pan naan que acompaña los platos, la comida del Taj Mahal es una parada imperdible para los gastronomistas.

El pan naan es sencillo, pero muy sabroso.

Los genios de las lámparas operan de maneras misteriosas. Mi decir siempre ha sido –como lo expresé en un artículo reciente en este blog– que si me saco la lotería de encontrarme con el genio de la lámpara maravillosa de la comida, uno de mis deseos sería que la comida india se popularizara tanto como la china. Así disfrutaríamos de restaurantes indios en cada rincón del país.

Mis pedidos empiezan a ser escuchados. Hace pocos días tuve una experiencia sublime en el más tradicional restaurante de comida india en nuestro país: el Taj Mahal, en Escazú.

Hace años fui una vez y no había regresado. Ahora, con renovado menú y administración, el Taj Mahal tiene un nuevo brío que se siente en todos los platos que probé. Y aunque todo estuvo repleto de sabores, olores y matices, valdría la pena ir solo por su batido de yogur natural con mango (lassi). Espeso, dulce, ácido. La acidez del yogur natural se abraza al mango maduro y la bebida es espesa, con cuerpo rotundo, carácter y espíritu.

En ese mismo buen inicio las samosas de vegetales iniciaron de abrebocas. La masa crocante, con un relleno fresco por los guisantes y la papa que le daba contundencia (¢2.900). Combina muy bien con el chutney de mango.

Vendría el pollo tikka (sin salsa) a continuar el festejo de sabores en mi boca. Es un pollo con una muy ligera acidez, especiado y delicado que se queda de inquilino en el posgusto. Un plato muy bien conseguido. Una salsa de mango en el plato hace un buen contraste si se mezcla en el tenedor con el pollo y eleva los sabores (¢8.500).

Mi felicidad continuó con el cashew korma: un cordero suave como mantequilla, pero con la textura suficiente para disfrutar sus fibras carnosas. En este platillo el punto alto es el clavo, sin ser invasivo deja su sabor en el paladar. La salsa cremosa estuvo ligeramente ácida (para mi dicha) por el marañón y la crema de leche termina de matizar el baile sabores: complejos, delicados, retadores.

Si creía que no podía estar mejor, el pollo en mantequilla le hizo honor a su fama mundial como uno de los clásicos de la comida india: trozos de pollo muy suaves y jugosos bañados en una cremosa salsa, también con notas ácidas, por las pasas y los destellos de azafrán que se sembraron en mi memoria para extrañarlos todos los días.

Entre todos estos platos el pan más famoso de la India, el naan, desfiló para hacer el ocho en los platos y aportar su ligereza, sus bordes quemados en el tandor y matizar todavía más las salsas. Es adictivo. Se pueden pedir con diferentes acompañamientos sobre él, como semillas tostadas o mantequilla, pero el que se llevó las palmas esa noche fue el naan con queso derretido arriba: el quemadito del pan y su sencillez solo sirve para elevar el sabor del queso maduro y conformar una unidad de la que no quisiera divorciarme jamás.

¿Podría algo ser mejor que lo anterior? Pues sí. Aunque no lo pudiera creer. No solo por la “sencillez” del plato, sino por la calidez, lo inesperado de la calidad y por la profundidad de los sabores: un potaje de lentejas (daal tadka). Es una especie de crema, ácida, profunda, con comino rostizado, cebolla, tomate y culantro fresco (¢8.500) que recorre todo el paladar sin dejar una sola papila gustativa indiferente.

Si por el batido de yogur con mango valdría la pena el viaje, el arroz basmati también completa el boleto: firma, aromático, suelto.

El Taj Mahal es un sitio imperdible en el viaje que los gastrónomistas deben hacer. Sus sabores afinados, delicados, llenos de matices, confirman que mi pedido al genio debe ser realidad.

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