Su comida es la de una cocina honesta, enfocada en la frescura y la calidad de los productos con los que trabajan.

La oferta turística en nuestro país se especializa cada vez más. La competencia por quedarse con los turistas que ingresan es fuerte; en especial entre los que ofrecen un producto que no es arena, sol y olas la demanda por un nivel de oferta diferenciada, con alto valor agregado, se impone.

En Sarapiquí, un destino turístico importante en Costa Rica, hay una empresa turística que tiene en sus venas la sangre de una familia comprometida con su tierra, con el medio ambiente y con ofrecer un producto 360: Hacienda Pozo Azul.

Pozo Azul es una empresa turística que vive por y para la tierra. La familia Quintana se ha dedicado durante dos décadas a consolidar un modelo empresarial sostenible que tuvo un origen diferente: Alberto hijo, por su formación profesional y empresarial, estableció una lechería estabulada y de vanguardia en la finca.

Cúrcuma cosechada en su huerta orgánica.

Poco después, fue de interés turístico para expandir las opciones de los visitantes de la zona y así inició el recorrido de un viaje que está alcanzando la madurez en estas épocas.

Entre sus atractivos están las tiendas en el bosque. Son tiendas de campaña montadas en plataformas con todas las comodidades en medio de la selva de la amplia finca. Luego hay viajes por el río Sarapiquí, canopy, viajes a caballo, senderismo, rapel y un paseo explicado por su huerta orgánica.

Aunque lo justo decir es que en Hacienda Pozo Azul toda la experiencia es natural, sostenible y orgánica (certificados como tal). Sin embargo, en los últimos tiempos, y en concordancia no solo con el auge mundial, sino con su visión, los Quintana decidieron que la mayor parte de los productos que ofrecen en la mesa de sus comensales debe salir de su huerta.

Así, con esmero siembran y producen la mayoría de hortalizas que culminan abriendo los sentidos y el apetito. También hay gallinas de pastoreo que ponen huevos felices al lado de las cabras, los chanchitos y los corderos.

En Hacienda Pozo Azul se han dedicado con esmero a dos árboles cuyos frutos son infaltables en el mundo de la cocina: pimienta y vainilla. Ambos tienen un aliado que se ha comprometido a llevar sus sembradíos a otro nivel: don Alberto (padre) químico de formación, quien se sumó al interés local por la siembra de la pimienta.

Así, al final del viaje por el huerto orgánico, antes del almuerzo, hay un generoso aperitivo con todos los frutos que se producen: bananos criollos, piña, papayas y un largo etcétera.

El almuerzo, a la altura de la experiencia previa y de los cuidados de la finca, incluyeron un lomo en salsa con pimienta verde, fresca, recién cosechada en sus árboles, ensaladas de diferentes tipos, donde sobresalió la de palmito fresco.

Lomo en salsa con pimienta verde fresca del huerto de la finca.

Entre las opciones había una memorable crema de pejibaye (porque aún la soboreo), un guiso de chayote digno de mi abuela, enyucados, escabeche de banano y pollo en salsa blanca con palmito.

Toda la comida de Pozo Azul busca ese aire criollo sin perder de vista la proyección de calidad que deben dar a sus platos. La experiencia con su comida fue la de una cocina honesta, enfocados en la frescura y la calidad de los productos con los que trabajan, en darle satisfacción a los comensales por el valor de los ingredientes y la correcta sazón.

Esa visión en la mesa, lo único que hace es concordar con el camino que empezaron hace 20 años con la lechería y que nunca imaginaron culminaría en un exitoso proyecto turístico de fama mundial. Un viaje redondo, orgánico y familiar: eso es Hacienda Pozo Azul.