Una opción para navegar por los sabores clásicos italianos

Cannolis como bandera y oportunidad.

Cannolis como bandera y oportunidad.

Por Alberto Gatgens, republicaindependiente@gmail.com

El amor de familia no siempre se nota con facilidad. A veces la gente se lo guarda para sus intimidades. También, a veces, lo que parece ser una linda relación familiar es solo una fachada que esconde los pleitos familiares.

Pero si una familia decidió unirse en torno a un proyecto por amor a la comida, ¿cómo no destacar ese corazón latiendo al mismo ritmo, como si un marcapaso colectivo los hiciera irrigarse hasta los extremos más alejados con sangre color ragú cocinado a fuego lento?

Conocí hace unas semanas el restaurante La Góndola di Freer gracias a una invitación a la prensa y pude probar algunos de sus principales platillos, pero, sobre todo, ver la dinámica familiar alrededor de la comida y el negocio de la comida.

Julia Freer (mamá), Óscar Mario Alvarado (papá), médicos. Óscar Jr. también médico y Milena (la otra hija) del área de mercado. Todos dedicados al restaurante en alma, vida, y en especial corazón.

Ubicado en Curridabat, en un distrito gastronómico (frente a la cara este de la Pop’s, es decir, la salida del autoservicio) un bonito y cuidado local espera al comensal con calidez y un menú que recorre los clásicos de la cocina italiana más conocida.

Esa noche, desfiló por la mesa el penne con salsa aurora (bechamel+salsa de tomate). La pasta al dente, la salsa suave, recomendada para quienes no buscan emociones fuertes en su vida y prefieren la calma de un sabor correcto.

Pollo a la cerveza. Punto alto para los hongos.

Vendría después una pechuga de pollo de a la cerveza, bien trabajada la salsa a partir de la reducción de la cerveza y los condimentos, para dar una salsa apenas espesa, de notas dulces. Sobresalió en este plato el buen término de los vegetales, con nota summa cum laude los hongos, con un punto de ajo y mantequilla muy agradable y apetitoso.

Punto fuerte de la noche, aparte del gran final, fue el fetuccini a la carbonara, esa salsa tan sabrosa por el queso parmesano (o pecorino, vaya usté a saber) y la tocineta. Estaba cremosa, suave, tan suave que las calorías casi flotaban y se alejaban de la tabla de contar calorías para así disfrutarla en paz.

De los dos platos siguientes podría decir más de los mismo: correctos, pasta al dente, firme, justo en el punto, salsas de buen sabor, respetuosas de los sabores clásicos, sin pretensiones de derivar en vanguardias o particularidades. Tanto el espagueti al pesto genovés como los farfales en salsa ragú cumplieron a cabalidad.

Penne en salsa aurora. Pasta al dente, sabores correctos.

Los platos degustados obtuvieron una buena nota (en especial la carbonara), pero la familia, conocedora de su mano, se guardó el as para el final. Como una ópera italiana, el clímax del drama se desarrolló en la última escena: los cannolis llegaron a la mesa y bajaron el telón con un aplauso de pie del público.

Los cannolis son un tubo de pasta (de pastelería, no de pasta de espagueti), que de postre tienen relleno dulce. Hay muy variados sabores, aunque los más conocidos son los sicilianos, de relleno tiene como base queso ricota, azúcar y vainilla, entre otros ingredientes. En Costa Rica no es muy habitual verlos entre los menús de los restaurantes italianos, lo que es una verdadera pena, pues en otras ciudades es la estrella de los postres.

Junto con los cannolis, este fetuccini a la carbonara fue el plato ovacionado.

Y de eso se dieron cuenta en La Góndola di Freer: convirtieron este postrecito crocante y cremoso en su bandera más reconocible. Cocinas italianas en este país hay muchas, pero que alguna decidiera hacer hasta 15 tipos de cannolis es una apuesta seria para diferenciarse y ser recordados en el competitivo mundo de la gastronomía josefina.

Como digo siempre: hay platos o productos por los que volvería cualquier día a un restaurante y los cannolis bien merecen atravesar todo San José desde Escazú para tomarse un buen café (que lo tienen, por cierto), ver la dinámica de una familia de profesionales que dejaron sus títulos en alguna pared para colgarse el delantal, atender, limpiar mesas, idear cannolis, y bombear a todo corazón amor por la comida italiana.