Una nueva oleada de restaurantes se ha dedicado en los últimos tiempos (incluso meses) a refrescar la oferta gastronómica de esas tierras que tanta buena influencia cultural ejerce sobre nosotros, con menús más populares, bien logrados los sabores y a precios más balanceados.

¿Cómo no recomendar esta belleza?

La comida mexicana, se ha dicho harto, es una de las mejores, más amplias y populares del mundo. Sin embargo, por razones que aún no termino de entender, en nuestro país –a pesar de muchos intentos– no terminaba de cuajar, por precio o calidad.

Sin embargo, una nueva oleada de restaurantes se ha dedicado en los últimos tiempos (incluso meses) a refrescar la oferta gastronómica de esas tierras que tanta buena influencia cultural ejerce sobre nosotros, con menús más populares, bien logrados los sabores y a precios más balanceados.

En Tibás, 100 al sur y 100 este de la iglesia católica,  abrió hace menos de medio año la Antojería Pico de Gallo, cuya misión es crear un puente entre Costa Rica y México, para servir los sabores más auténticos de la comida tradicional mexicana. ¿Cómo se logra esta promesa que todos hacen y pocos en verdad pueden cumplir?

La infaltable sopa azteca, que también debe ser infaltable en su lista de deseos gastronómicos.

Rónald García Montero, el propietario, tiene un as bajo la manga: por razones comerciales y de vida está ligado desde hace décadas a México, donde viaja constantemente, come constantemente y, ahora, de manera permanente, comparte su vida con una mexicana, Claudia Motta, la otra parte que, junto con un agradable y atento personal, dan vida a Antojería Pico de Gallo.

Conocer la comida, la sazón y las recetas de la gastronomía de un país (al menos en parte, pues la de México es infinita), es una ventaja, pero sin acceso a los ingredientes correctos, algunos originales y otros que se les parezcan mucho, el resultado no será satisfactorio.

Por eso, los viajes de la pareja a México son aprovechados para llenar las maletas con esos productos para la cocina del restaurante; cocina que maneja un cocinero mexicano y recibe el afinamiento en cada receta de Claudia y Ronald.

Ronald es un viejo conocedor del negocio de la restauración. Es socio de una popular cadena de comida costarricense y, como apasionado de la comida, decidió emprender este negocio, muy íntimo, para convertirlo más que en un negocio, en una fuente de satisfacción. “Siempre fue un deseo tener una taquería estilo mexicano”, se confiesa.

Esa satisfacción se come en platos muy bien logrados, como la tradicional sopa azteca, con el sabor del tomate fresco, ligera, en el punto de espesor correcto y con un posgusto profundo que da la combinación de los chiles picantes que matizan el caldo.

Como en todo menú de restaurante mexicano, hay tacos. Son la base, la fundación, los mandamientos de esa religión llamada comida mexicana. Y en Antojería Pico de Gallo prestan especial atención a ese producto.

¡Tacos, tacos! ¡Lleve sus taquitos, señor!

No dejaría de probar nunca el de pastor, que es el tradicional trompo donde van asando la carne, herencia de los migrantes libaneses que llegaron a México hace unos 50 años. Los de Pico de Gallo están muy bien sazonados, con un punto de cocción óptimo, jugosos, en una tortilla suave y de buen sabor.

Los hay de otros sabores, como de pollo y bistec, pero, para este gastronomista, los tacos de cochinita pibil son los mejores. Y los de este coqueto restaurante esquinero están de lujo. La carne de cerdo muy suave, con el sutil suspiro de la canela sobre ella, como una sugerencia de la delicadeza que la cocina popular puede alcanzar, dejaba un tin de acidez que invitaba al siguiente mordisco.

Decía que los tacos están en todo menú mexicano; sin embargo, lo que no se ve tan a menudo, es la parrillada. Y aquí si que la chancha torció el rabo: sirven una parrillada en un enorme molcajete caliente, con una variedad de carnes y acompañamientos que van desde un magistral guacamole (ácido, encebolladito, cremoso, untoso, hasta para usarlo como bronceador), pico de gallo (punto exacto de limón, fresco, tomate firme), frijolitos con totopos, maíz y tortillas, hasta llegar a las carnes: lonjas de lomo ancho jugoso, suave, de muy bien sabor; unas costillitas tiernas y jugosas de chanchito.

¿Algo más que decir?

A lo anterior súmele zuquini, un queso tatemado (quemado en la parrilla) con sabor cercano al Bagaces, aunque suave y ligero de textura y, en especial, un chorizo de la casa de sabor antológico, que para este gastronomista, fue la piedra filosofal de esa parrillada servida en molcajete, con una jugosa y muy caliente salsita en él. Este es un plato al que hay que peregrinar una vez cada vez que se pueda.

No quiero cerrar esta crónica sin llegar al postre, pero antes, un plato de sabores cercanos, aunque menos habitual en los menús mexicanos de por aquí, son los tlacoyos: una especie de empanada, que en este caso estaba rellena de frijol, servida con la longaniza de la casa, natilla y culantro. La acidez, el maridaje entre la natilla y la longaniza es una de esas raras combinaciones que resultan muy bien.

Para cerrar, tienen un postre que por su sencillez y muy conseguida textura y sabor me sigue antojando: canasta de churro con helado. Un churro casero, suave, crocantazo anida una bolita de helado de vainilla para, juntos, llevarnos al palacio de la felicidad, de donde no vamos a querer salir.

Déjese arrullar por el dulce final.

Este fue un final feliz, a la altura, para una buena velada que me permitió descubrir que la comida mexicana merece en nuestro país restaurantes que la mimen, la admiren y la trabajen con el cariño, la pasión y la experiencia que en Antojería Pico de Gallo Ronald y Claudia le dedican todos los días.